jueves, 1 de enero de 2015

El Vuelo de la Cometa

                                                                       El Vuelo de la Cometa.                                                                                          Hace algún tiempo, cuando las primaveras se llenaban de brisas y colores sobre el monte, mi hermano y yo salíamos a remontar nuestra cometa con el viento que soplaba constante del Este. ¡El Halcón Plateado! Tenía tres colas, una por nosotros y otras dos por papá y mamá. Era como ver un gran fénix en el cielo azul. Giraba en su base y caía en vuelo libre hacia el suelo, para remontarse como un enorme avión de combate por sobre las cabezas de todos los demás niños del pueblo, que quedaban boquiabiertos viendo al Halcón plateado hacer sus figuras en el aire. Era una cometa especial. Tenía trozos de papel de viejas cartas de mi padre, que tomamos sin permiso y que pegamos con engrudo liviano que mi madre nos preparó con mucho amor. La caña la habíamos tomado del maizal que mi familia tenía en el fondo de la casa, con el mismo que habíamos hecho nuestro espantapájaros una tarde de lluvia, y que aún permanecía inmóvil en el centro de la quinta.

Era una cometa particular. Mi hermano y yo creíamos que tenía vida propia, porque había tardes que las piruetas que hacia hasta a nosotros nos asombraba.
¡Como disfrutábamos jugar con él!
Con el correr de los días, el verano nos dejó y el otoño trajo otros vientos muy diferentes. Mi madre enfermó de una extraña enfermedad que en poco tiempo se la llevó, como las hojas de agosto.
Mi padre tuvo que vender la quinta y la casa para costear los remedios de mi madre y luego que ella partió, también el servicio sepulcral.
Estábamos en quiebra absoluta. El banco terminó embargando todas nuestras cosas. Y con el último mueble sobre el camión de embargo, mi padre viajó a la ciudad a buscar trabajo, dejando a mi hermano y a mí en un hogar, a cuidado de unas monjas.
             

                   El invierno nos alcanzó desechos. No había voluntad en nuestros cuerpos para siquiera sonreír. Las palabras que mi hermano hablaba conmigo eran sueños proféticos de una vida llena de momentos hermosos y felices. Ahora, solo logro sacarle un vocablo cuando le pregunto si quiere comer la comida que las monjas nos dejan detrás de la puerta, y siquiera así me contesta.
Creo que la muerte de mamá terminó por destruir todos esos sueños que teníamos de una vida en armonía.
Me pregunto si la vida es así de cruel con todas las demás personas. Si el sol cada vez que sale ilumina el alma de todos o hay gente que el sol no ilumina. Esos como la Madre Rosalba, que parece no tener sombra ni corazón.
               Un día me salí por una de las ventanas del hogar y corrí dejando atrás a mi hermano en aquel lugar. Corrí desesperadamente hasta llegar a casa. Aquella casa que apenas logré reconocer de entre la mugre y el pasto alto que la rodeaba. La puerta estaba abierta y las habitaciones vacías. Tomé un pequeño muñeco de trapo con el que mi hermano me asustaba y recordé como corríamos por esa casa él y yo, mientras mamá cocinaba una suculenta cena esperando a papá.
De pronto, un ruido me trajo de vuelta a la entrada de esa casa abandonada. Caminé hasta la otra pieza y otra vez ese ruido de dentro del armario. No podía ser un fantasma me dije, posiblemente sea un castor o una rata, así que abrí lentamente la puertita y para mi asombro, allí está el. Con sus colas que lo resguardaban de la humedad, pero intacto como siempre. El Halcón Plateado. Mi cometa mágica.
La tomé entre mis manos y la estreché como si hubiera encontrado a un viejo amigo del alma. Y mientras tenía mis ojos cerrados pensé…
Si llevo el halcón a mi hermano quizás se reponga y vuelva a hablar. Así que tomé la cometa y salí corriendo por el camino al pueblo, para escabullirme por esa ventana al hogar de las monjas. Pero no todo siempre sale como lo esperamos. Tuve la mala idea de abrir la cometa y remontarla mientras corría al pueblo. Entonces un viento voló mi cometa de mis manos y la arrastró lejos en el cielo, hacia el bosque. Corrí tras ella gritándole que regrese con desesperación, pero fue inútil. La cometa siguió alejándose del pueblo y yo con la cometa.
Por fin se detuvo en la copa de un árbol gigante, en la entrada al bosque. Yo deseaba que no siguiera vuelo, porque amaba esa cometa y porque sabía que haría que mi hermano volviera a hablar. Con el correr de las horas, la noche comenzó a caer apresurada y me refugié al pie de aquel árbol y me quede profundamente dormido.
              Al día siguiente desperté sobresaltado esperando poder trepar para descolgar mi cometa pero para mi asombro, la cometa estaba danzando en el aire, con el viento se había desenredado y ya estaba haciendo piruetas en el céfiro.
Seguí mi Halcón Plateado durante días. Atravesamos el bosque, las quintas más lejanas del pueblo, las laderas linderas al pueblo vecino, todo lo que pude y más allá, hasta que un día se detuvo cerca de un poste de luz, donde sabía que podía alcanzar su cola y traerlo a salvo a tierra, pero cuando estuve a punto de tomarlo, se voló. Tan alto y veloz que supe que jamás volvería a verlo. Esa era la despedida de mi halcón Plateado y yo y mi querido hermano no pudo estar ahí para verlo partir. Y me eche a llorar desconsoladamente, porque, no sé porque, pero aquella cometa no solo era parte de mi vida, era parte de mi familia y ya había perdido todo sin recibir el consuelo de nadie, mi madre, mi hermano, mi padre y ahora mi cometa.


              Y comencé mi regreso al hogar, hasta que unos días después llegué desahuciado entre el hambre y la sed. Solo quería poder ver a mi hermano para contarle todo lo que había pasado, aunque eso lo dañara más.
Pero las hermanas del hogar me bañaron y me dieron de comer primero antes de decirme que fue de mi hermano, que había perdido el habla por todo el dolor que ocurrió en nuestras vidas en un segundo.
Una de las hermanas se acercó a mí en la mesa, mientras yo acababa de devorar aquel plato de arroz blanco y mirándome fijamente a los ojos, tomó mi mano y me dijo que mi hermano…
Y de pronto, mi cabeza comenzó a girar sin control entre pensamientos y recuerdos que tenia de mi hermano y yo en todos los lugares del mundo en el que habíamos jugado, inventado sueños y me dije por dentro…murió.

-Mientras tú te ausentaste en tu travesura, tu hermano… ¿me estas escuchando?- pregunto la hermana.
Solo pude intentar hacer una mueca mientras mis ojos se llenaban de lágrimas


-Tu hermano fue adoptado por una familia rica de la ciudad de Concordia.-dijo la hermana.

-pero… ¿y yo?, ¿a mí no me adoptaron?- le replique

-Tu hermano estaba muy mal emocionalmente. No comía, no hablaba. La muerte de tu madre y la partida de tu padre lo destrozaron por completo.- dijo la hermana.

-Pero yo soy su hermano. Soy su única familia. Necesito verlo, es lo único que tengo, lo necesito, por favor, no pueden dejarme solo aquí, quiero ir con él. ¡Donde está, donde está!

-No puedo decirte donde está tu hermano. Esta familia es un matrimonio muy bueno, ellos van a darle un buen hogar y la atención medica que necesite para que este bien ¿podes entender Raúl?- intento tranquilizarme tomándome de la mano otra vez.

-No, no, no. Usted no entiende. El es mi hermano. Mi familia, lo único que me queda en el mundo. Necesito verlo, necesito abrazarlo y llorar con el todo lo que no pude hacer desde que mis padres partieron ¿entiende eso?- le suplique…

-Lo siento mucho Raúl, ojala pudiera yo hacer algo- dijo con su voz entrecortada.


En ese instante entro la madre Rosalba y le ordeno a la hermana que me llevara a mi cuarto y que me obligara a descansar, que mañana seria un largo día de trabajo en el hogar y mi huida de aquel lugar no era para que recibiera un premio.
Así que me recluyeron en aquel cuarto aquella noche y mi llanto comenzó a hacerse un fuego en mi garganta hasta que el pecho comenzó a quemarme por la angustia retenida.
Apoyé mi cabeza en la almohada y en posición fetal sin taparme me quedé allí tratando de entender las nueve millones de preguntas que no tenían respuesta y que mi mente me repetía vez tras vez sin parar.
De repente, escucho el pestillo de la puerta, y veo a la hermana Rocío entrar a mi habitación en silencio.

-¡Shh!- susurró la hermana-te traje algo de comida y agua para que tengas esta noche.

-Gracias, pero no tengo hambre- dije sollozando

-Está bien, te entiendo Raúl, voy a dejar esta comida igual por si después te entra apetito. Me voy a retirar. Solo quiero que sepas que si pudiera haría lo que sea para que tú y tu hermano estén juntos.- dijo la hermana con sinceridad y lágrimas en sus ojos.

Me beso tiernamente en la frente y se retiró en silencio.

              Mientras tanto, a 700 kilómetros de ahí, mi hermano Daniel aun permanecía en silencio y tampoco comía.
El señor y la señora Beltrán tenían todo lo que querían. Eran millonarios y poseían casas en muchas partes del mundo, solo que nunca pudieron tener hijos así que decidieron adoptar uno, con la esperanza de formar una familia y compartir su riqueza. Pero lo que ellos no sabían era que Daniel tenía un hermano. Cuando lo adoptaron, la madre Rosalba no les iba a decir que su hermano menor se había escapado del hogar unos días antes, así que jamás dijeron nada y ellos adoptaron a Daniel, pero jamás imaginaron que tenia un hermano y que las monjas no dirían nada por el motivo que sea.
           Y mientras la noche se adentraba en el crepúsculo más intenso de la oscuridad, Daniel en la ciudad pensaba en su hermano Raúl, y Raúl pensaba en su hermano Daniel y en la distancia que los separaba. Y la magia se presentó como un viento del Este sobre ellos en sus cuartos y ambos subieron a los techos de sus habitaciones. Daniel al techo de la casa de los Beltrán y Raúl al techo del orfanato y la luna se vistió de un azul intenso esa noche, en aquel momento, y las estrellas parecían caer del cielo en todas direcciones. Y del Este, de donde soplaba ese viento mágico, apareció de entre los techos, en la lejanía, El Halcón Plateado surcando el cielo nocturno, como una estrella más. Y Daniel grito con fuerza…

-¡Es él, es el! ¡El Halcón Plateado!, ¡estoy seguro que es el!- gritaba Daniel desde el techo, logrando que todos en la casa encendieran las luces y despertaran sobresaltados.

-Pero, pero Daniel…-dijo el señor Beltrán


-¡Señor! ¡Señor!, es el halcón Plateado, mi cometa está volando el cielo, entre estrellas.- dijo Daniel


-¡Pero Daniel!, ¡Santo Dios, estás hablando!, ¡estás hablando!-Dijo el señor Beltrán sin importarle la hora que era, feliz porque Daniel estaba hablando y se lo veía eufórico y contento y eso, eso era más que suficiente para él.


Y el cometa comenzó a hacer giros y volteretas frente a la casa de la familia Beltrán. Tal es así que todos en sus casas vieron al halcón Plateado surcar los cielos y se quedaron impresionados.

-Hay que seguirlo, el quiere que valla tras el- le dijo Daniel al señor Beltrán.

-Pero Daniel, no puedo hacer eso, es muy tarde, está oscuro y sería peligroso salir ahora- dijo

-Por favor señor, por favor. Mi hermano me necesita y el cometa es el único que sabe donde esta.- dijo Daniel llorando con desesperación.

-¿Tu hermano?, ¡pero si me dijeron que eras tú solo!, ¿de qué hermano me hablas Daniel?- pregunto la señora Beltrán.

-Mire, señora, tengo un hermano llamado Raúl.-Dijo Daniel ante la incredulidad de los Beltrán.

Pero entonces la cometa descendió hasta las manos del señor Beltrán y cuando la observó de cerca, noto los nombres escritos en ella: Daniel y Raúl.
Entonces sin más, la magia volvió a remontar el cometa hasta el cielo, por sobre los arboles y el alumbrado y comenzó a moverse de un lado a otro, como si quisiera que lo siguieran.

-¡Wow!, quiere que lo sigamos.- dijo el señor Beltrán mientras su esposa sacaba el auto de la cochera.

-Pues, vamos tras el- Dijo la señora Beltrán. Y partieron rumbo al hogar donde Raúl estaba siguiendo a la cometa.


Cuando llegaron, las monjas abrieron las puertas como si supieran del milagro que estaba aconteciendo esa noche. Y el señor y la señora Beltrán conocieron a Raúl e inmediatamente hicieron los papeles para su adopción. Esto demoró un par de horas, las horas que Daniel y Raúl estuvieron abrazados en el patio del hogar, ante la vista de las monjas que no dejaban de llorar y tomarse la boca del asombro.
Los hermanos que el destino golpeo con tanta rudeza permanecieron juntos por muchísimos años, se hicieron millonarios heredando la fortuna de los Beltrán. Y reconstruyeron aquel hogar donde las monjas le dieron refugio para convertirlo en un paraíso para los chicos sin hogar.
                    Y pasaron 74 inviernos fríos sobre el pueblo de praderas verdosas y bosques infinitos y llegó la primavera, aquel año, igual que hace 60 años atrás, con un impetuoso viento del Este y Daniel y Raúl volvieron a remontar la cometa, el Halcón Plateado, y la magia volvió a ocurrir frente a sus hijos y nietos en aquel paraje y la cometa voló por última vez hacia el cielo, pero esta vez se llevó consigo a los dos hermanos, que pese haber vivido un destino terriblemente triste, lograron hacer una vida de sueños como siempre creyeron que seria, juntos para siempre.



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                                                                     por: Luis Sadra.



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